Tengo una pluma para escribir, si tengo eso tengo todo. Tengo un tesoro en mis manos, porque a través de mi pluma puedo plasmar todos mis pensamientos y dejar mi mente volar. Nada está perdido si puedo inspirarme y escribir.
Escribo sobre aquellos recuerdos que llegan a mí al caminar por las calles que frecuentaba entre la niñez y adolescencia en mi pueblo natal. Siento muchos detalles de cuando la vida era mucho más ligera. Recordar los sonidos del vendedor de helados, del pregón del que ofrecía verduras, del ruido de las motos pasando rápido frente a la casa de mi abuela en el centro de la pequeña ciudad. Pero con los años viene la madurez, y también muchos desafíos. Esas calles que me veían pasar, las llevo en mi mente con mucha nostalgia, pero no las puedo ver como antes, hoy cargo una mochila un poco más pesada; hecha de experiencias. Antes solo me preocupaba por sacar notas aceptables en el colegio y salir con mis amigos, ahora la vida es mucho más que eso. Las perspectivas pueden evolucionar ya estando en la mediana juventud.
Todo cambia, uno cambia, pero pienso que la esencia permanece, vive en nosotros siempre, desde que nacemos. Sentir nostalgia es parte del proceso de ser humano y de crecer, pero también lo es entender que así como quedaron recuerdos atrás, hay muchos que están por venir.
Las reminiscencias nos anclan a sitios y aromas —como la hierba fresca a las afueras de Leticia, en el Amazonas—, a personas, nos hacen revivir lo que alguna vez quisimos o rechazamos. Dulces o amargos, los recuerdos son maestros: nos entregan experiencias, y eso es invaluable en la vida.
Recordar es vivir, revivir, sentir y añorar. La vida nos lleva y nos trae con nuestras remembranzas, pero siempre debemos mantenernos firmes en el presente. Ni adelantarnos, ni retroceder tanto que olvidemos lo que tenemos ahora. La mente humana divaga entre pasado y futuro, pero no podemos olvidar que hay algo que debemos apreciar con todas nuestras fuerzas, el HOY.
Diama Orozco

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